Mi primer cigarro

22Jun13

ninos-jugando

Tenía 8 años, era curioso pero también un poco miedoso. Aquella tarde de verano estaba jugando con mis amigos de la cuadra, lo típico, pateando el balón en la calle mientras comentábamos temas propios del interés de un grupito de 6 chamacos de casi la misma edad, el más grande apenas alcanzaba los 10 años de edad.

Llegó Raúl; él era hermano de uno de mis amigos, de vez en cuando se acercaba a nosotros para contarnos historias fantásticas cargadas de cuestiones sexuales y valentía, algo que nos embobaba a su alrededor, mientras anhelábamos algún día convertirnos en la mitad de lo que él era. Vestía playeras negras del “Tri” sin mangas, pantalones entubados, botas y andaba en una bicicleta adornada estúpidamente con stickers de todo tipo de figuras. Era nuestro héroe.

Aquel día llegó derrapando la bicicleta, inmediatamente la tiró sobre la banqueta y nos convocó para mostrarnos algo sorprendente – la verdad no pensé que después de las revistas semiporno de vaqueros y las cartas de su novia Monica hubiera algo más genial -. Hizo un movimiento rápido en su bolsa, dejando entrever lo que parecía ser una caja de chicles, mientras miraba para todos lados checando que ninguno de nuestros papás lo estuviera viendo.

Luego de sembrar la duda en nosotros, tomó su bicicleta y nos dijo que si queríamos ver más fuéramos a las canchas. Todos corrimos tras él, doblamos la cuadra y nos encontramos en las canchas, ese lugar donde tantos secretos escondimos y muchas tardes de diversión pasamos, ahí donde bautizamos a nuestra pandilla como “Los Ducks”, inspirados en una idea de Raúl, quien años después nos contó que había visto ese nombre en una película y por eso lo había sugerido.

Antes de mostrarnos el paquete misterioso, Raúl (muy inteligentemente) nos dio unas pequeñas cajas de chicles (de esos de pastilla) a todos. Luego sacó de su pantalón aquella caja aplastada color roja con blanco, mientras de su interior sacaba eso que parecía un lápiz y que luego nos explicó era un cigarro.

Uno a uno fue repartiendo los cigarros, nadie quedó exento, incluso Pedro (el más pequeño del grupo – 7 años -) tenía tremendo cigarro entre las manos, eso y su afán de intentar agradar siempre al grupo, lo hicieron el verdadero protagonista de esta historia.

Con gran habilidad y estilo Raúl enciende su cigarro, mientras nos muestra el secreto detrás de una fumada exitosa, tose un poco y vuelve a la marcha, dejando impresionados (de nueva cuenta) a todos los ahí presentes.

Es nuestro turno, indecisos comenzamos a pasar nuestros cigarros para que Raúl los encendiera, mientras poco a poco se iba formando una melodía con las toses de la pandilla, ¡estábamos fumando!.

Luego de terminar nuestros cigarros, Raúl nos ofrece uno más, nadie quiso, todos estábamos más preocupados por la madriza segura que nos esperaba en casa, patrocinada por el olfato ultrasensible de nuestras mamás, pero Pedro levantó la mano, pidió un segundo cigarro mientras todos nosotros nos quedábamos impresionados por su valor (tomando en cuenta que su mamá tenía fama de ser una hija de la chingada que lo sonaba bien sabroso cuando nuestro amigo la cagaba).

Inmediatamente luego de encender el segundo cigarro de Pedro, el gran Raúl encendía otro para él, mientras nos regañaba por ser ¡tan putos!, discurso que se vio interrumpido por el sonido de una ventana (de esas que se deslizan) abriéndose, justo en la dirección donde estaba la casa de nuestro maestro Raúl, quien en cuestión de un milisegundo tiró su cigarro y se metió las 2 pastillas a la boca, mientras con las manos espantaba el humor que aún flotaba en el aire próximo a nosotros.

Luego de el acto de magia para desaparecer el cigarro y las evidencias, Raúl nos ordenó volver a la calle, mientras uno por uno nos metíamos los chicles a la boca y nos levantábamos para irnos. Ya en bola, dimos un par de pasos rumbo a la calle, cuando nos dimos cuenta que Pedro aún continuaba sentado, dando los últimos jalones a su cigarro.

Debido a la presión que estábamos haciendo, Pedro se presionó y se acabó el cigarro en un par de fumadas bastante fuertes, pero seguía sentado, dando pie a la siguiente conversación.

Nosotros: “Wey, levántante, no mames, ya vámonos”.

Pedro: “Aguanten, otro ratito, ahorita nos vamos”.

Raúl: “No mames pinche Pedro ya párate wey, ahí viene mi jefa”.

Pedro (con cara de apendejado): “Ya voy, 2 minutos, o si quieren ahorita los alcanzo”.

Nosotros: “No mames, ya párate ¿Qué pedo?”.

Raúl: “Wey ¿qué pedo?, ya párate”.

Pedro: “Aguanten, es que ya estoy PEDO”.

Desde aquél día Pedro pasó a la historia de los momentos más épicos de nuestra pandilla de niños, incluso su legado de fumador borracho consiguió más fama que el mismísimo Raúl, marcando así una de las etapas más cagadas de mi infancia.

¡Pinche Pedro!.

Moraleja: Las mamás tienen un detector de humo de cigarro infalible, siempre te van a descubrir y a dar una madriza, los chicles sirven para pura verga.

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One Response to “Mi primer cigarro”

  1. 1 Jorge

    ¿Qué pedo? tu blog tiene telarañas, jaja. Lo encontré por casualidad, pero me envolvieron tus artículos; espero que algún día actualices. Saludos.


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